




La cliente, artista y coleccionista, llegó al estudio con una colección que buscaba su lugar. El encargo fue crear las condiciones para que el arte respirara, la vida cotidiana fluyera y las dos plantas del departamento se sintieran como un solo argumento. El espacio social, ubicado en el segundo piso, es el corazón del proyecto. Amplio, con altura generosa y luz que trabaja a favor de los materiales, se convierte en el escenario natural para la colección. Las piezas de arte del comedor, obra de la propia habitante, afirman una estética sobria y refinada.




Mariana Morales asumió el rol que este tipo de proyecto exige, como interlocutora antes que diseñadora. Escuchar la colección, entender cómo se mueve la familia entre sus objetos y sus obras, y construir desde ahí un ambiente que amplificara esa relación sin interferir. La madera clara en tonos arena, los materiales pétreos y los textiles en neutros profundos se convierten en un lienzo de alta factura sobre el cual las piezas proyectan su carácter.