





Con Casa Tres Árboles llegó una libertad creativa poco común: la de proponer muros oscuros para una pareja con profesiones altamente exigentes que buscaba un refugio de fin de semana frente al lago. El contraste entre la luminosidad del exterior y la penumbra interior crea un umbral; al cruzarlo, el espacio invita a recogerse. Tras un viaje al Tíbet, la clienta había traído consigo un amor por el naranja y el ocre de los trajes de los monjes tibetanos. Ese color se tradujo en los cojines de terciopelo terracota de la sala y en una paleta general de tonos terrosos, aportando calidez.






Los materiales refuerzan esa intención en cada superficie: microcemento negro en pisos y baños, roble europeo con acabado de aceite blanco en estantes y muebles, estuco y pintura café grisácea en muros. Las ventanas se abrieron para dejar entrar la luz natural, equilibrando la penumbra interior con destellos del paisaje. El vestíbulo recibe con una mesa antigua, vasijas y un gran cuadro de Beatriz Zamora. En la terraza, los sofás de madera de Pucte, las mesas de concreto negro y el jacuzzi de microcemento conforman un exterior coherente con el resto. Casa Tres Árboles es una de las obras que mejor encarna la filosofía del Estudio: el lujo silencioso nace de la curaduría, de la calma y del juego de luces y sombras.